No sé en que momento comencé a percatarme de estar atravesando ese misterioso y extraño momento de la vida en el que empiezas a cubrir muebles y a salvaguardar superficies con diversos pañitos, cobertores y tapetes obrados a mano. Si bien de pequeña no sentía una gran atracción por estos elementos decorativos – de “casa anticuada”, solía decir – que, aún por encima, enmarañaban el pelo en sus redes nada más sentarte en el sofá de los abuelos, ahora me río de mí misma al verme coronando con una guirnalda labrada la sosaina mecedora del salón o trajeando una maceta con una rumbera faldita croché.

Y es que creo haber descubierto un significado vital respecto al mundo de las labores artesanales: cada pieza dispone de un código interpretativo, una especie de jeroglífico punteado con filamentos que graba una confidencia que permanece oculta hasta que, desconozco cómo, llega un día en el que aprendes a descifrar las cadenetas y puntadas de sus manos creadoras y, lo que antes no te resultaba especialmente hermoso, ahora luce como una joya expoliada de una ruina ancestral.

Prueba a fijarte en ello.

Puede que al delinear con las yemas de los dedos la cartografía de un bordado encuentres a tu bisabuela Venancia caracterizada en una cantarina, vivaracha y carnavalesca ave que custodia su jardín de brotes coloridos para que florezcan por siempre en un deteriorado cojín.

Es posible que halles a la abuela Otilia, muy creativa ella, en la pasamanería de flecos y borlas de aire oriental que diseñaba para engalonar un clásico paño como si de un traje de fiesta se tratase. O, quizá, aparezca en una jungla de animalillos confeccionados con excedentes de tela de diferentes colores, estampados y texturas que cobraban vida en el vuelo del vestido de una niña chiquita.

Tal vez no consigas averiguar la fórmula geométrica que hila mágicamente los contornos de un tapetito que simula, vareta tras vareta, los pétalos de una flor salvaje, pero seguro que descubres paisajes desconocidos en los ovillos teñidos de vibrantes tonalidades guacamayo que utilizaba tu tía Amarita de Venezuela.

¿Qué me dices de los pesados cortinones ganchillados por la tía abuela Dorotea? A ella la verás cuando el destello del sol se entrecruce en el laberíntico encaje que, si aciertas a aproximarte al punto idóneo de la habitación, tallará en tu piel una lencería de luces y sombras.

En El Álbum de las Amazonas, además de alentarte a que nos cuentes historias y nos muestres fotografías de aquellas mujeres que hayan dejado huella en tu vida, nos encantaría deleitarnos con sus creaciones artesanales en tela e hilo que ahora guardas como oro en paño (nunca mejor dicho). Ellas también viven en esas constelaciones hilvanadas.

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